Es así como una de las emociones características del ego es el miedo o el temor, que es el opuesto absoluto del amor. Podríamos entonces afirmar que el miedo es la emoción subyacente y el origen de parte importante de las formas mentales del ego.
Por otra parte el ego es nuestra identificación restrictiva y limitada con la forma, con nuestro cuerpo, nuestras emociones o nuestros pensamientos, incluso con objetos externos o fetiches que erróneamente llegamos a considerar como expresiones reales de nuestra identidad, como por ejemplo nuestra profesión, nuestro cargo, nuestro auto, nuestra casa, nuestra inteligencia, nuestro dinero, nuestra belleza física o inclusive nuestra familia, entendida como elemento de status social.
Nuestro ego, que habitualmente se expresa verbalmente como “yo”, “mi” o “mío”, es por ende nuestro verdadero pecado original, un falso sentido de identidad, que nos lleva a olvidar nuestra esencia espiritual, que nos impulsa a separarnos de los demás y de Dios. Es, como dijo Albert Einstein, “la ilusión óptica de nuestra conciencia”.
La percepción errónea del ego transforma por lo tanto la realidad en un reflejo limitado de esta ilusión original, como, por ejemplo: yo y mis pensamientos, yo y mis experiencias, yo y mis emociones, yo y mis roles sociales, yo y mi matrimonio.
El ego tiene por otra parte algunas características que lo delatan y lo hacen evidente entre nuestras emociones, nuestros pensamientos y actitudes, frente a la vida, que se pueden reconocer claramente en muchas de las situaciones que enfrentamos en la vida-
1. El ego es manipulador y controlador.
Dado que el ego siempre tiene miedo, necesita saber lo que va a pasar y eso lo explicita a través de la manipulación y el control.
En el matrimonio, esto se puede manifestar en la manipulación que muchas veces realizan los esposos cuando utilizan falsas promesas o amenazas para lograr que se realice lo que ellos quieren, en contra de la voluntad de su pareja o del resto de la familia.
2. El ego siempre necesita más.
El ego nunca está conforme o satisfecho con lo alcanzado.
Es exigente, tanto consigo mismo como con los demás, porque no está jamás contento con lo que tiene, sino que siempre está enfocado en lo que aún no ha alcanzado, más que en agradecer y gozar lo que ya ha logrado.
Esto se traduce en el ámbito matrimonial en querer obtener siempre más atenciones de parte de la pareja, más tiempo, más energías, más dedicación, más gastos, más viajes, más belleza física, eventualmente más sexo o más dinero, hasta eventualmente arriesgar romper los equilibrios que sustentan la existencia misma del matrimonio.
Pero el ego, aunque alcance sus propias metas, nunca estará satisfecho, porque la necesidad insaciable es una de sus características. Por lo tanto alcanzar sus objetivos no logrará nunca hacer feliz a nuestro ego, porque una vez alcanzada cualquier meta, por fabulosa que sea, el ego buscará rápidamente otra meta más elevada que reemplazará a la anterior.
Podríamos entonces decir que el ego “desea desear” más aún de lo que desea alcanzar alguna meta por sí misma. Por esta misma consideración es que enfrentamos en nuestras vidas, en la familia y en el matrimonio un nivel de materialismo desenfrenado, influyendo obviamente sobre los hijos y nuestro entorno de referencia.
Al obtener los objetivos más deseados, como una hermosa pareja que los acompañe, nos ame y les facilite la vida, en vez de sentirse aliviados, muchos piensan que podrían encontrar alguien más o mejor, más joven, más hermoso, más rico, más sensible, más inteligente, y eventualmente, cuando hayan alcanzado sus metas más optimistas, existirá la terrible sensación de poder perderlo, porque el deseo y el temor siempre estarán presentes en una relación basada en el ego.
3. El ego desea incesantemente poseer.
El ego tiene tal necesidad de poseer que confunde el “tener” con el “ser”, llegando a creer que controlando y poseyendo a su pareja, vale más como persona.
Nos transformamos así en adictos al deseo, adictos al poseer, al comprar, al consumir… seguidores de una doctrina del “Tengo luego existo”. Llegamos hasta a considerar a nuestra pareja como un trofeo, como una de nuestras posesiones más valiosas. Así las formas en que los otros nos ven, con nuestras posesiones, nuestros logros, nuestros esposos, se transforman en cómo nos vemos y valoramos a nosotros mismos, o en lo que creemos ser y merecer.
Por lo tanto, en muchos casos, no elegimos nuestra pareja por el amor y los proyectos que nos unen, si no que buscamos un refuerzo para nuestra identidad, para nuestro ego. Obviamente la satisfacción del ego dura poco y entonces continuamos en la búsqueda de otras relaciones que ciegamente creemos puedan cumplir con ese deseo.
Así podemos llegar a sentir la necesidad de seguir buscando nuevas relaciones, nuevas parejas y eventualmente nuevos esposos/as, ahogándonos en una espiral o adicción del ego que, si estuviéramos hablando de economía, llamaríamos “consumismo”.
El enorme desafío para alcanzar la felicidad en el matrimonio, en estos tiempos dominados por el materialismo, el consumismo y el egoísmo, es entonces superar este fenómeno de dependencia colectiva, de búsqueda insaciable de los estereotipos de consumo, belleza, dinero o el matrimonio exitoso.
Debemos esforzarnos de reenfocar la búsqueda de sentido de nuestra vida conyugal en nuestras necesidades evolutivas como seres humanos más integrales, como almas despiertas y abiertas a recibir los valores más significativos del matrimonio, que puedan contribuir, no solo a alcanzar nuestra felicidad como parejas, sino sobre todo a desarrollar nuestra capacidad de amar al prójimo y de evolucionar espiritualmente.
4. El ego necesita sentirse superior a los demás.
El ego es por definición inseguro de sí mismo, necesita sobresalir, sentirse apreciado y reconocido por los demás.
Esta característica de inseguridad es inherente al hecho de auto limitar el valor de nuestro propio ser, al simple rol que estamos desenvolviendo en un momento o lugar especifico, sin tomar conciencia del valor divino que existe en nuestro interior, en nuestra alma.
Este sentimiento de superioridad se puede observar a menudo en las relaciones de pareja, cuando alguna de las parte se apropia de los méritos o los esfuerzos realizados para llevar adelante su familia y los muestra exclusivamente como propios.
Otro ejemplo muy recurrente es el de los esposos que se aprovechan de su rol de proveedores para abusar económica o psicológicamente de su pareja, imponiéndole estilos de vida insostenibles o haciéndolos sentir menos importantes y valiosos que ellos frente a los demás.
5. El ego siempre cree tener la razón.
Tiene el hábito compulsivo de hallar fallas en los demás y de quejarse de ellos. No hay nada que fortalezca más al ego que tener la razón, aunque sea por un momento, aunque no sea real, aunque no sea importante en lo absoluto para nadie. Lamentablemente hay algo en nuestro ego que prefiere tener la razón y pelear por eso, que estar en paz con los demás y eventualmente con su propia pareja.
Obviamente cuando criticamos a los otros nos sentimos superiores intelectualmente, más inteligentes y así fortalecemos nuestro ego. Llegamos a confundir nuestra razón con nuestro ser, siguiendo la filosofía del…“Pienso luego existo”, como indicó Descartes, y construimos el valor de nuestro ser en torno a nuestro intelecto, supuestamente superior al de los demás.
Cuántas veces hemos podido observar utilizar el intelecto para aplastar a la pareja, para imponer la superioridad, para ejercer el poder sobre personas eventualmente menos dotadas de capacidades dialécticas.
6. El ego siempre busca la alabanza y la admiración.
Se alimenta de la atención de los demás, la cual es en la práctica, una forma de energía psíquica de la que se apropia.
El ego ignora que la fuente de toda energía está en el interior y por lo tanto la busca externamente, transformándose en una especie de vampiro energético que se nutre del reconocimiento de los demás o sencillamente de ser notado de alguna manera por su supuesta superioridad intelectual, física, por su autoridad o por su dinero, según sea el caso.
En algunos matrimonios podemos en efecto encontrar personas ególatras que prefieren estar casadas con “yes-men” o “yes-women”, que los adulen y apoyen en todas sus deseos o decisiones, por acertadas o erradas que sean, por la simple razón de admirarlos ciegamente o, lo que es peor aún, por el hecho de temerlos, por el miedo a que los abandonen.
No es poco común observar que la actitud de los que adulan, muchas veces falsamente, a sus parejas es aún más incoherente y desdeñable que la postura de los que elijen inconscientemente casarse con falsos admiradores que supuestamente los aman y los idolatran, ya que en los momentos de dificultad no dudarán en transformarse en antagonistas de quien antes adulaban o, peor aún, en verdaderos traidores.
Las personas más sabias y conscientes, por el contrario, saben elegir su pareja escuchando las inspiraciones de su alma, compartiendo un proyecto de vida, un impulso evolutivo, con sus esposos/as independientemente del hecho que puedan ser más o menos inteligentes que ellos, sin sentirse amenazados por sus capacidades superiores, sino apoyados en su propio proceso de desarrollo.
7. El ego nunca vive en el presente.
Siempre está recriminando del pasado o preocupándose del futuro. Lo que le importa al ego es justificar sus culpas en base a errores del pasado y ocupar su mente preocupándose continuamente de las amenazas que el futuro le depara.
Se genera así un proceso de sufrimiento permanente en base al cual, en vez de centrarnos en lo que debemos hacer en el presente, lo que realmente podría cambiar nuestra vida, nos dedicamos a recriminar sobre nuestro pasado o nos llenamos de temores y preocupaciones inútiles sobre alguna circunstancia futura, que aún no existe.
En el matrimonio y en la familia es evidentemente importante anticiparse a lo que pueda suceder en el futuro, analizando lo que nos haya ocurrido en el pasado, en nuestras relaciones de pareja o con los hijos. Pero, ¿para qué?, ¿para qué entender el pasado o predecir el futuro, sino para efectos de tomar decisiones acertadas en el presente? Porque lo único que existe realmente es el tiempo presente.
El pasado ya es historia que solo podemos analizar y nada puede hacerse para modificarla, por lo tanto de nada vale recriminar por los errores cometidos por nosotros o por nuestra pareja, sino lo importante es aprender de ellos para evitarlos en el presente.
El futuro todavía no existe y depende de infinitas variables, sobre las cuales podemos tratar de actuar exclusivamente en el momento presente. Proyectar el futuro solo tiene sentido con el objeto de utilizar nuestro libre albedrío y nuestra creatividad para realizar acciones en el presente, sin sufrir inútilmente por los hechos negativos que podrían llegar a ocurrir, o inclusive sin anticiparnos a los resultados positivos, que podrían evidentemente no realizarse, generándonos frustraciones innecesarias.
Todos nuestros pensamientos y acciones deberían por lo tanto enfocarse a las infinitas posibilidades que nos ofrece el presente, porqué el único momento en el que se puede actuar o eventualmente dejar de hacerlo es el presente.
Tan distinta sería la vida matrimonial si nos dedicáramos concientemente y concretamente a trabajar y gozar del momento presente, sin distraernos ni sufrir o acusar a nuestra pareja por los errores cometidos en el pasado y sin contaminar el esfuerzo y los desafíos de cada nuevo día de vida familiar con el temor a las amenazas de un escenario futuro que eventualmente podría tocarnos enfrentar.
8. El ego es individualista y separado de los demás.
El ego sólo piensa en sí mismo, dado que se siente absolutamente separado del resto. No sabe que, en realidad, todos somos uno y por lo tanto lo que le hacemos a los demás también nos lo hacemos a nosotros mismos. Esta verdad es obviamente aún más contundente si la otra persona es nuestra pareja, nuestro compañero de vida, la persona que más amamos y en la que más confiamos.
La actitud egoísta, de nuestro ego individualista, se puede traducir por ejemplo en exigir mayores comodidades sólo para nosotros, sin importarnos como le pueda afectar a nuestra pareja; en satisfacer nuestros deseos individuales, dejando de lado los intereses comunes de nuestra familia; en no esforzarnos de colaborar y contribuir a las tareas y responsabilidades cotidianas de nuestra pareja, sean estas referidas al hogar, al trabajo o la educación de los hijos.
9. El ego nunca está contento.
La alegría y el buen humor no son definitivamente características del ego, dado que éste siempre está centrado en el miedo y raras veces encuentra motivos para estar alegre.
Además, al estar siempre insatisfecho, deseando más y más, de lo que sea, no logra estar nunca contento con lo que ya ha alcanzado. Siente a menudo mucha rabia. Está siempre enfadado con sus hijos, que nunca logran cumplir con sus expectativas, o con su pareja, que siempre comete algún error inadmisible para su sentido de perfección, y prácticamente con todo el mundo, dado que los considera continuos obstáculos para ser feliz.
No comprende que la felicidad viene de adentro, de la relación personal del alma, con la fuente de la vida y es independiente de las circunstancias vitales en que nos encontremos